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Viernes 15 de mayo de
2009
El fin de los Hooligans:
consideraciones sobre el tratamiento de la violencia en los estadios
ingleses
Inglaterra es un país que se enorgullece de dos descubrimientos: el
del fútbol como deporte y el de la solución al problema de la
violencia en los estadios.
Existe un consenso global en torno a la certeza de esas dos
invenciones, y así como nadie duda de que en Gran Bretaña se gestó
el embrión del juego que actualmente conocemos como fútbol, tampoco
parece haber dudas a la hora de señalar el éxito en las medidas que
los ingleses implementaron para desterrar de sus estadios el
fenómeno de la violencia (en lo que, para ser justos, también fueron
precursores). Sin embargo, es preciso observar hoy, años después de
su puesta en práctica, las consecuencias que esas medidas
conllevaron al fútbol entendido como fenómeno popular, para poner en
cuestión la real efectividad del modelo inglés de control de la
violencia.
La
idea de que Inglaterra ha sido el primer y casi único país en poder
resolver satisfactoriamente el problema de la violencia dentro de
los estadios de fútbol se halla presente en el imaginario de todos
los actores, a nivel global, que desde diferentes ángulos se ocupan
del fenómeno, ya se trate de periodistas, funcionarios o dirigentes.
Tan fuerte es la creencia de que esto realmente es así, que
Inglaterra se ha convertido en el lugar de peregrinaje de los
funcionarios encargados de la seguridad deportiva de todo el mundo
que se encuentran con un problema y no saben cómo solucionarlo. Lo
que se les ocurre entonces es mirar a quienes sí supieron apagar el
incendio a tiempo, y entonces allí van, a entrevistarse con sus
colegas británicos y a estudiar la batería de medidas de control que
éstos pusieron en práctica para acabar con el problema de los
hooligans.
Estas excursiones de consulta son en ocasiones fructíferas,
pero se revelan un arma de doble filo en cuanto su objetivo es
copiar idénticamente las medidas utilizadas y extrapolarlas
geográfica y culturalmente a los estadios vernáculos.
Decimos “de doble filo” porque son dos las dimensiones del llamado
“modelo inglés” que intentaremos poner en cuestión aquí:
-
Por un lado la tentación
local de aplicar irreflexivamente las medidas preestablecidas,
útiles sí a la realidad inglesa, pero de resultado incierto en el
contexto argentino.
-
Y por otro lado, la
orientación que tiñe a ese modelo, que es inequívocamente una
progresiva mercantilización del fútbol cuyo objetivo máximo es
convertir al hincha en un mero consumidor.
El
Informe Taylor y sus consecuencias
El
fútbol inglés es escenario, durante la década de 1980, de dos
tragedias de enorme magnitud que dejan como saldo centenares de
muertos y la evidencia de que es necesaria la acción del Estado para
frenar la violencia vinculada al fútbol. De allí surge el famoso
Informe Taylor, que hace hincapié principalmente en dos aspectos: la
mejora de las condiciones de aforo en los estadios y la necesidad de
un control mucho más intensivo, a todo nivel, de las personas
asistentes a los estadios.
A
partir de los años 90`, en Inglaterra se pone en marcha un proceso
de transformación cuyos resultados son visibles al día de hoy. Los
modos de asistir a un estadio de fútbol cambian por completo, siendo
poco comparable la experiencia de un hincha londinense que concurría
hace 20 años a ver al Arsenal al viejo estadio de Highbury al que
hoy asiste a un match del mismo equipo en el hipermoderno Emirates
Stadium. Las razones de ese cambio tienen su origen en las medidas
derivadas del informe Taylor, que al modificar la fisonomía de los
estadios y los modos de comportamiento aceptados de los hinchas
transformaron los ritos propios de la cultura tradicional del fútbol
británico en una experiencia cada vez más controlada y menos
popular.
Los
cambios más relevantes que se producen al nivel de la seguridad en
los estadios a partir de los años noventa son:
- La supresión de los alambrados que rodean al
campo de juego.
- La obligatoriedad de que todo el público
asistente se encuentre sentado.
- Una mejora en los accesos que permita la
evacuación rápida en caso de ser necesario (con las salidas
claramente identificadas y visibles).
- El reemplazo de los agentes pertenecientes a
la policía por los llamados “stewards”, civiles capacitados para
organizar grandes grupos y mediar en caso de ser necesario, sin el
perfil represivo que caracteriza a los agentes policiales.
- La prohibición de vender tickets en los
estadios en el día de partido, y la priorización de la venta de
abonos por la temporada completa.
- La instalación de cámaras de video que
registren lo que sucede en las tribunas.
- La aplicación del derecho de admisión en los
estadios y la confección de un “registro de hinchas” que recoge
información del público que asiste al fútbol.
A
partir de la implementación de esta batería de medidas se logra en
gran parte reducir la conflictividad de los espectáculos
futbolísticos. Sin embargo, la exacerbación de las medidas de
control trajo a los estadios consecuencias directas sobre la forma
de vivir el fútbol, que cambiaron radicalmente la fisonomía de las
hinchadas inglesas.
Del
paravalanchas a la boutique
Los
estadios ingleses poseen ubicaciones cinco veces más caras que en el
resto de Europa, tribunas “familiares” a las que los hombres solos
no pueden concurrir, y una múltiple oferta de boutiques donde
comprar los productos del equipo. El vector que hace posible esta
transformación es una idea simple: el fútbol se ha convertido en un
gran negocio, y como en todo negocio, sólo podrán participar de él
quienes tengan los medios económicos para hacerlo. De allí que los
clubes aprovecharán la obligación de mejorar las condiciones de sus
instalaciones (que el Estado les impone), para atraer a los “buenos
espectadores” (que el mercado les ofrece).
En
los clubes existe una tentativa para favorecer ciertas formas de
comportamiento entre los hinchas, orientada a que éstos se vean como
consumidores que expresen el amor a su club según el dinero que
invierten en merchandising del club. Para ayudarlos un poco, los
estadios están dotados de verdaderas galerías comerciales. De hecho,
las ganancias comerciales (fuera de los derechos de TV y las
entradas) anuales del campeonato inglés pasaron de 250 a 500
millones de euros entre 1996 y 2004.
El
espectador-consumidor hace mansamente aquello que le dicen que haga
y eso conlleva repercusiones negativas para el clima dentro de los
estadios y para la cultura popular del fútbol, debilitando las
comunidades y reduciendo las oportunidades de una invención cultural
durante los partidos, por ejemplo en lo que tiene que ver con la
creación de nuevos cánticos o mismo en el hecho de cantar durante el
juego.
Sin
embargo, la consecuencia más visible que trajo este proceso es la
transformación del perfil de hincha que asiste al estadio: las
clases obreras y populares, hasta allí el público tradicional de los
estadios ingleses, deben dejar su sitio en las gradas a un público
proveniente de sectores medios y altos, que son los únicos capaces
de costear los precios exorbitantes que cuestan las entradas.
La
combinación de precios altos, abonos con ubicaciones fijas,
individualización de los hinchas y sanciones frente a malos
comportamientos, acabó con el ritual tradicional que los fanáticos
desplegaban en los estadios. Los precios elevados hacen prohibitivo
el acceso a los sectores populares, y aquellos hinchas que
esforzándose pueden costearse un abono, se cuidan de cometer alguna
falta que les arruine la inversión, bajo la amenaza de ser
suspendidos del estadio. Asimismo, las plazas numeradas que obligan
a permanecer sentado al espectador, individualizan el acto de
alentar y enfrían el clima festivo propio de las manifestaciones
colectivas.
Siguiendo esa misma lógica, los asientos previamente asignados dan
por tierra con la posibilidad de que un grupo de hinchas pueda
concurrir al estadio en conjunto y se agrupe en la tribuna, como
antiguamente sucedía, desmontando un ritual propio del folklore del
hincha inglés: el de reunirse en un pub y luego ir al estadio en
grupo.
Esta situación constituye un cambio radical en la cultura
futbolística británica, convirtiendo la experiencia pasional de
alentar a un equipo en una rutina controlada y estandarizada. Con
las nuevas medidas de control, los estadios ingleses se han
adormecido y han dejado de crear lazos sociales. Ahora, para
encontrar el verdadero clima de la pasión futbolística es necesario
visitar los pubs donde se nuclear los hinchas desplazados de los
estadios. Allí, lejos de las cámaras de vigilancia y del control
individualizado, es donde pueden desplegar el fervor por su equipo y
poner de manifiesto las pasiones que el fútbol genera.
Para recuperar el clima, son los clubes quienes preparan los
cánticos y empujan a los hinchas a los “singing ends”, promoviendo
el canto a través de los altoparlantes del estadio. Aquellos que
creen todavía en un verdadero aliento colectivo pero se niegan a ser
catalogados de hooligans se refugian en la redacción y la lectura de
fanzines o en la inversión en asociaciones independientes que
defienden los derechos de los hinchas.
De
todas maneras, si bien los estadios de la Premier League han sido
largamente pacificados, los 3462 arrestos ligados al fútbol en
2005-2006 dejan ver que los incidentes son todavía frecuentes o que,
si la violencia está realmente en baja, existen muchísimos arrestos
abusivos. Por otra parte, el problema ha sido desplazado
geográficamente hacia zonas cada vez más alejadas de los estadios
donde la video vigilancia y las cámaras de televisión no llegan.
Lo
que se observa entonces es un cambio profundo en la forma de vivir
el espectáculo del fútbol, producido como consecuencia de las
medidas implementadas a fin de terminar con la violencia en los
estadios. Si bien es cierto que en parte el objetivo se ha logrado,
los dispositivos de control han extendido su influencia más allá de
la seguridad de los espectadores, transformando radicalmente los
modos de vivir el fútbol que hasta entonces se conocían.
Los
peligros de la importación
En
Argentina, la tentación de aplicar los lineamientos del modelo
inglés ya se ha hecho presente en numerosas propuestas de parte de
los funcionarios encargados de la seguridad deportiva. Algunas
medidas ya han sido incorporadas a los estadios locales, como la
instalación de cámaras de vigilancia, y otras se encuentran en
discusión actualmente, como la aplicación del derecho de admisión.
El
hecho de importar para nuestro país medidas que en otras latitudes
han sido relativamente exitosas impone una doble pregunta: por un
lado, si las mismas pueden llegar a afectar negativamente la
idiosincrasia futbolística nacional (como sí sucedió en Inglaterra),
y por otro lado, si esas medidas son plausibles de adoptar en el
marco de un tipo de organización social, política y cultural muy
diferente al de su lugar de creación.
Por
eso, la misión de los encargados de la seguridad deportiva no
debería reducirse a la aplicación de medidas aleatorias importadas
de otras realidades, sino a pensar vías de solución de los
conflictos que tengan en cuenta al hincha argentino que
cotidianamente asiste al estadio. Es fundamental proteger el
patrimonio cultural del fútbol ante el avance de los dispositivos de
control que sólo apuntan a militarizar los estadios y a expulsar a
los hinchas, porque en Argentina la pasión no es un espectáculo que
se ve en la televisión, sino una rutina que cada fin de semana los
hinchas despliegan en cada cancha del país.
Diego Murzi - Sebastián Sustas
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Santiago Uliana |