A 40 AÑOS
DEL ASESINATO DE HÉCTOR SOUTO
Por Raúl Ramírez
Héctor Souto tenía apenas 15 años en abril
de 1967 cuando concurrió al estadio de Huracán la
tarde del domingo 9 de abril a ver a su querido Racing Club jugar
con el equipo local. Para la hora del comienzo del partido su cadáver
yacía en la enfermería del club. Había osado
resistirse a un acto de bravuconería de la barrabrava local
y lo había pagado con su vida.
A 4 décadas de aquel suceso, resulta realmente impresionante
ver que poco ha cambiado, tanto en el accionar de esos grupos criminales,
como en el de los demás actores del fenómeno futbolístico,
prestos a formular declaraciones aspaventosas en contra de la violencia,
pero igualmente incapaces de romper la cadena de complicidades que,
por acción u omisión, facilitan que estos hechos ocurran.
El hecho.
El pibe Souto, que cursaba el tercer año industrial en el
Otto Krause, era el típico espectador pacífico que
para su desgracia iba a quedar en “la línea de fuego”.
Ingresó al estadio “Tomás A. Ducó”
por la entrada de Miravé y Luna y pasó hacia el sector
ocupado por la parcialidad albiceleste por debajo de donde se encontraba
la barrabrava local. Los ánimos estaban caldeados pues un
rato antes un grupo de la barrabrava racinguista había robado
un paraguas pintado con los colores de Huracán y lo había
quemado. Souto había sido llevado al estadio por el padre
de un amigo que al ingresar se había adelantado junto a un
conocido y un primo de su hijo. Souto y su amigo cerraban la marcha,
cuando miembros de la barra atacaron a este último arrebatándole
un bolso de papel que llevaba. Héctor Souto quiso defender
a su amigo, siendo inmediatamente cercado y golpeado desde todos
los ángulos. Cuando cayó de bruces, fue dado vuelta,
poniéndolo cara al cielo y uno de los integrantes del grupo
criminal, de 80 kilogramos de peso, afirmándose en el alambrado,
se puso a saltar rítmicamente sobre su cuerpo exánime
ante el aliento y el festejo de los demás, que le gritaban
“Dale, matalo…”. Lo mató.
Después: Descargos, distraídos y “sanciones”.
Lo primero fue la desinformación. Los diarios del otro día
hablaban de “un muerto y un herido en una avalancha”.
El médico del club local, que fue el primer profesional en
examinar el cuerpo de Souto estimó que la muerte podía
haberse producido por un “síncope cardíaco”.
A medida que la declaración de testigos del bárbaro
crimen cometido ante la vista de miles de personas fue dejando en
claro que no había ni avalancha ni síncope cardíaco,
empezó la comedia habitual. Huracán condenó
el bárbaro crimen y ofreció todo tipo de colaboración
moral y material para los familiares de la víctima. Los días
posteriores demostrarían que todo eso era hojarasca: la única
ayuda concreta que brindó el club fue a si mismo, ante la
clausura de su estadio, con una retahíla de lacrimosas expresiones
en los medios de prensa, señalando el perjuicio que se ocasionaba
a miles de simpatizantes y aficionados por culpa del accionar de
un pequeño grupo de inadaptados. De ayudar a combatir a esos
inadaptados, que casualmente eran la barrabrava del club, ni una
palabra.
El Interventor de la A.F.A., Valentín Suárez, se sacó
diestramente el sayo de encima: “No estuve en el partido.
Además, soy el interventor de la AFA. Si desean información
remitan sus inquietudes al ámbito policial”, expresó
ante la requisitoria periodística.
La AFA, por fin, se limitó a suspender por 5 fechas el estadio
huracanista, lo que generó inmediatamente una serie de comentarios
periodísticos de apoyo al club de Parque Patricios. Quién
leyera el vespertino La Razón y no supiera lo que había
pasado el domingo 9 de abril, ante los lamentos de los dirigentes
de Huracán podría haber creído que en el estadio
de ese club había caído un aerolito, tan ajena parecía
la desgracia a la responsabilidad de quienes “dedican sus
desvelos” al engrandecimiento de la entidad, como señalaba
el diario. Clarín, por su lado le sugería al club
que apelara ante los estrados judiciales la suspensión aplicada
para “quitarse el cartel de cómplices de asesinos que
le ha colocado” la sanción. Souto, su familia, el accionar
de los barras, dejaban de ser noticia. Ahora lo era el “pobre”
Huracán. De todos modos, no le hizo falta llegar al reclamo
judicial, pues la A.F.A. le levantó la suspensión.
Y aquí no ha pasado nada…
La actuación judicial.
La investigación de los hechos recayó en el Juez de
Menores Jorge Moras Mon. Junto con el Secretario de su juzgado,
Aldo Montesano Rebón, desarrollaría una tarea que
fue eficaz y por una vez, se pudo esclarecer el hecho. El expediente
reflejó lo sucedido y en el quedaron plasmadas expresiones
de sorprendente actualidad.
Allí, por ejemplo se encuentra un testimonio que expresa:
“Que dichas barras bravas portan banderas, bombos, estandartes
y banderines de otros clubes y que guardan como trofeos. Que siempre
son comandadas por sujetos de gran predicamento y amparados por
los clubes que son los que costean los viajes y les guardan en las
sedes sociales banderas, bombos, sombrillas y trofeos. Que siempre
concurren al mismo lugar y se encuentran perfectamente organizadas
para sus quehaceres de provocación y agresión.”
La instrucción fue veloz y la individualización de
los autores acertada. Así se detuvo a un individuo de apellido
Patitucci, apodado “Figacita” que había encabezado
el grupo agresor. Tenía un carné otorgado por el club
que lo identificaba falsamente como integrante de la 4ta. división
de la entidad, que le permitía entrar a la cancha sin pagar
entrada. También cayó el llamado “Cinco Dedos”,
que era quién había saltado sobre Souto, destrozándolo
por dentro.
El auto de prisión preventiva merece ser leído y reproducido
aunque sea en parte, por la claridad con la que expone el accionar
de estos grupos criminales: “Todos están contestes
en que los autores del hecho formaban parte de una barra brava integrada
por individuos perfectamente individualizables, que tienen su asiento
permanente en los lugares en que se desarrollan las lides deportivas
en que interviene el equipo del que son partidarios, que tienen
uno o mas cabecillas que los dirigen y alientan y que tienen por
objetivos primordiales la depredación, la provocación
de desórdenes, la agresión y la lucha con las barras
partidarias del equipo contrario, o lisa y llanamente el ataque
al pacífico espectador que pueda presentárseles como
opositor a sus ideas; todo bajo el pretendido manto de un fervor
partidario dentro del campo deportivo.
Se los conoce perfectamente en sus movimientos y ellos mismo afirman
que cuando bajan de la tribuna es para agredir.
Tales hordas que llegan a cometer excesos como el investigado en
este caso, desnaturalizan y degradan los espectáculos deportivos,
son intrínsecamente extrañas a los campos en que estos
se desarrollan y propios de los de batalla. Su destino, atento al
resultado, no puede ser otro que la cárcel.”
Los dos criminales arriba mencionados fueron condenados, respectivamente,
a 4 y 6 años de prisión, aunque luego sus condenas
fueron rebajadas en 2 años cada uno por los camaristas que
tuvieron ante sí un desconcertante dictamen del Fiscal que,
tras una magistral caracterización de estos grupos criminales,
terminaba diluyendo las culpas en el todo social. Nunca quedó
claro como Figacita y Cinco Dedos pudieron contar durante el proceso
con la asistencia de uno de los estudios jurídicos más
caros de Buenos Aires…
De Ayer a Hoy.
Resulta inevitable ver que poco ha cambiado en cuatro décadas.
Aquel llanto plañidero de la dirigencia de Huracán
se parece demasiado, por ejemplo, al de los dirigentes de River
Plate tras la reciente clausura del Monumental. La esquiva actitud
del interventor Valentín Suárez parece el modelo inspirador
del elusivo Julio Grondona, presto para limpiarse las manos ante
todo crimen que no ocurra en la vereda de su casa. La actitud de
cierta prensa que pide medidas contra los violentos pero cuando
estas se aplican se apiada de los clubes sancionadas e inventa sofismas
para señalar que se clausurando canchas de perjudica a socios
y simpatizantes inocentes o que cuando se descuentan puntos se afecta
el bolsillo de los jugadores y cuerpo técnico (¡¡)
que nada tienen que ver con la violencia. Dignos émulos de
la gata de doña Flora que entonces, como ahora, convierten
en enemigo del hincha al Tribunal de Penas o al Coprosede, en vez
de a las bandas criminales de barrabravas. La defensa por estudios
jurídicos de primera línea de aquellos barras de Huracán
nos remite a los Di Zeo y otros delincuentes de hoy. La caracterización
hecha por el juez de menores interviniente podría haber sido
redactada el fin de semana pasado. Tal su acertada descripción,
Tal la invariable actitud de estos grupos criminales.
No quisiéramos agregar al tema palabras que suenen a huecas
o a declaraciones de compromiso, tan habituales en este tema. Simplemente
dejamos aquí nuestro recuerdo de este pibe de 15 años,
primo de la esposa del entonces futbolista Roberto Perfumo, buen
hijo, buen amigo y buen estudiante, cuya vida se tronchó
una tarde de hace 40 años en una ámbito que debiera
ser escenario de emociones y de alegrías vitales. Lamentablemente
no podemos decir que no murió en vano. 40 años después
las cosas no han cambiado…
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