Octubre 2009

La historia de las ideas encuentra en el fútbol, un permanente terruño

Un artículo publicado en la página web “Sin Permiso”, nos acerca un trabajo de Nicolás González Varela, que parado en el disparador de la figura de Pier Paolo Passolini, repasa con giros de verdadera poesía, la presencia de los códigos del fútbol en la historia de los más ricos pensamientos de los últimos dos siglos

 

>> Pier-Paolo Pasolini y el fútbol-poesía <<

 

 

POESÍAS de Mónica Nizzardo CUENTOS de Fernando Tebele
* CATARSIS  Leer

* Ni una placa en su recuerdo. Sobre PUERTA 12..Leer

* Salvemos AL Fútbol... Leer

*Sobre el día del periodista...  Leer

* CÓDIGO DE BARRAS...Leer

* UN TAXI HASTA EL ARQUERO...Leer

 

              de  Ludovico Nizzardo
* RECUERDOS Y NOSTALGIAS DE UN BOHEMIO... Leer


 Sobre el día del periodista...

He apretado este Mouse una y otra vez

como manera “nueva” de juego,

como juego de aproximación al otro

como aproximación al mouse “persona”

y así llegué a palparlo... un número infinito de veces

sin  ser siempre lo mismo, claro,

en este tipo de “juegos”

LA REPETICIÓN NO EXISTE...

cada vez que aprieto este mouse

siento algo diferente...

movimiento diferente-

respuesta diferente....

cambio de velocidades... de intenciones…

Muchas veces también fueron como

instantes enmudecidos por un simple y “gran”cuestionamiento

¿Qué "mierda" escribo? Y ME DESESPERÉ!!!!!!

Pero seguí…. y

sin querer, también sentí que esa acción de hacer “clic” se transformaba…

 empezar, de repente, a descubrir ese cambio de temperatura.

Apretar muchas veces algo es darle “calor”, o sea, energía, VIDA!!!

y me preguntaba y……  acepté ESE CLIC como una nueva forma de acariciar.

Forma “cibernética”... forma que recubre al otro de “ese” plástico

y ese otro es y son otrosSSSSSS y todos y nadie!!!!!!!!!!!

Pero seguí.........

y al seguir avalé y disfruté de “este juego”

(Tomé y tomo tantas veces “de la mano” al mouse,  que nuestras líneas terminan finalmente por intercambiarse. Ahora es como que busco eternamente a este mouse para ver si por fin juntos encontramos la línea de la vida… )

Hoy elijo esta “simpleza” de Internet para llegar hasta uds.,

quienes saben, de verdad, entrelazarse

hábil e inteligentemente entre la sensibilidad y la acción, 

quienes conjugan el teclado en todos los tiempos verbales...

hasta que las haches mudas hablen

y ninguna frase quede trunca…

Así, con un poco de aire a libertades

y sosteniendo que la vida es una mera ilusión

en donde la pasión es la única forma de demostrar su existencia,

mi más sincero reconocimiento en este 7 de junio

día del periodista!!!

y que la ecuación de este punto y aparte sólo signifique hasta luego...

 

Si yo crecí fue porque muchos sacaron del cajón lo que habían escrito... Lo que habían vivido... Y publicaron notas y  libros. Otros, porque me trasmitieron lo que sabían y me enseñaron... Otros, lo que sintieron y me emocionaron, me sensibilizaron... Y así sigo, descubriendo la vida... desde y con el corazón.  Gracias!!!!

Mónica Nizzardo




CATARSIS
Mónica Nizzardo
(Escrita después del partido en Villa Crespo con Arg. de Quilmas 25-8-02)

Hoy la fracción exacta de tu nombre,
ATLANTA,
se desprende de ese balón desesperado
que atesora en silencio
el adagio expresivo de este nudo
en la garganta
que ahoga mi esperanza.
Ebria de secretos
Inflada de imposibles
vuela sobre pozos de tormenta
esa esfera, retazo de existencia
plateada vestida de fiesta.
Vuela, como en el silencio
de un preludio abstracto
y se pierde en una espera.
Enrarece mi sangre,
se torna arena.
Me estanco.
Y en la obertura de las 17.30
se entrelazan metáforas amorfas
de turbulentos insultos
en la platea.
Se despedazan miradas
en cada rincón...
98 años de historia titilan
en la cumbre de un sueño
danzan... se funden, se fifan
en ese vuelo
y en ese gol que no existió.
Mi hacer frente a vos
sin poder hacer nada
sólo mis puteadas
sólo mis pausas.
Ese es el vacío
que palpa esta página
Palabras que imitan un vuelo
pero no vuelan algo distinto
no vuelan nada...
germinan en el sudor, sabor,
ochava de un frenético fixture
sin opción.
Así tajante, sangró el esguince


de la tónica final...
Susurró en el jugo de mis retinas
la rima de este 0 a 0.
Qué difícil es saberse poeta
cuando te late fuerte el corazón
cuando después de los 90 y casi 4 adicionales
suena el silbato
y te fuiste –otra vez- sin gritar un gol,
te fuiste succionando
los restos de ese deseo
en la nuca del silencio
donde la ilusión eyacula su dolor...
te fuiste con ese clavel rojo* en la mano
con la nostalgia bohemia

pateando recuerdos de tiempos soñados,
con el delirio de un tal vez...
Esquivando la angustia de este después
absorbo nuestra imagen cuajada de miedo,
“C” escurre entre los dedos
ese mar de infinitos “porqueses”...
¡Vamos! Pleguemos las palabras
reeduquémoslas hasta huir del tiempo...
hagamos el rito de la desesperación y cantemos...
“LOS BOHE… LOS BOHE…”
quizás, aún exista la posibilidad
de ese cuando y ese donde
para que se abra algún gesto
convincente o
desesperado
pero que penetre, por favor,
el balón en ese arco, en esos tres palos
y así, entonces, filtrarse por la locura
hasta chorrear inocencia
o salpicar con lo invisible...
y así, entonces, gozar cada gota de pasión...
y aunque sea por un ratito,
aturdir con el ruido caído de tus ojos,
mi soledad...

P.D. Volviendo de la isla
le yergo a la vida mi espina dorsal
y acepto que ser de Atlanta es emparchar
continuamente agujeros en el alma...
apoyo mis codos sobre este cuarto partido sin ganar y espero que se le ponga más hormona de enraizar al agua….

Datos Históricos
Por Edgardo Imás.

Fue el inicio de la 2002/03, muy abajo en los promedios, a distancias siderales de San Miguel, y con un Atlanta casi condenado. El DT que armó ese plantel fue Miguel Lemme, que duró poco (seis partidos) y luego fue reemplazado por Pasini. O sea, que al promedio malo, se sumaba un flojo comienzo, que parecía esfumar las escasas esperanzas de salvarse de un descenso casi seguro, al menos matemáticamente.

1ra. fecha: 10 -8-02: Atlanta 0 –Brown A. 1
2da., 17-8-02: San Miguel 0 - Atlanta 0
3ra., 24-8-02: Atlanta 0 - Arg. de Quilmes 0
4ta., 31-8-02: San Telmo 2 - Atlanta 1 (gol de
Matías Lemme, hijo del DT).

*Lo de los claveles era una costumbre de Atlanta de Zubeldía, de fines de los 50 y principios de los 60, que alguna vez se retomó esporádicamente en 1976: el equipo tiraba claveles a la tribuna y a la platea cuando salía. Se hizo ese día en la cancha, como para ver si cambiaba la suerte.

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RECUERDOS Y NOSTALGIAS DE UN BOHEMIO

Tu cuna fue el parque Chacabuco en 1904
La mía, el hospital Durand allá por el 34
Soy bohemio de hace rato
Te podés imaginar,
De vos guardo tantos recuerdos
Gritaba tu nombre me acuerdo...
Parado en los diez tablones,
daban espaldas a las vías
Tengo presente todavía...
Un día casi me mato
Por piantarle a la montada
Pero eso... ¡Qué importaba!
El asunto era saltar
Y así poder alentar
Con los pibes de la hinchada.
¡Qué lindo fue!... ¿Te acordás?
Carleti, Cruz y Vedia
Y aquella gran línea media
Bartarelli, Espinosa y aguirre
También Leguizamón y Batagliero
Recuerdos que tanto quiero
Y los llevo en el corazón.
El silbido del tren
Saludaba a nuestra bandera
Cuando cruzaba Corrientes
Después de la barrera.
Los años cincuenta
Nos encontraron muy abajo
Después de mucho trabajo
Volvimos a primera.
De la mano de Victorio Espineto
Un técnico de lujo con buen libreto,
Formamos un gran plantel...
En 1958, recuerdo el año aquel,
La selección fue a Suecia ,“Europa”
A jugar el mundial
Nosotros ganamos la copa
En el campeonato local.
Empezó el año sesenta
nos pusimos pantalón largo
inaguramos el estadio
fuiste orgullo de mi barrio
Villa Crespo te adoptó
Como a un hijo preferido
A pesar de las corridas
Después de cada partido.
Fue una década exitosa,
No fuimos una gran cosa
Pero estábamos en primera
De la mano de Kolvoski
Nuestro gran león
Entrábamos a la cancha
Obsequiábamos una flor
A nuestros adversarios
Aunque sufrimos agravios...
¡¡¡Qué grande fuimos señor!!!
¿Te acordás?... La pinta de Osvaldo Miranda
se paseaba por nuestra platea
o por la tribuna visitante
cuando jugábamos afuera.

En los años setenta
Una nueva generación
Mi hijo entre el montón
También agarró tu bandera
Y se metió en el tablón
Como lo había hecho yo...
Igual, de la misma manera.
La década más triste
... a principios del ochenta
ya no cerraban las cuentas...
empezó la desazón
la alegría de Campeón
duró apenas un rato
subimos en el ochenta y tres
descendimos en el ochenta y cuatro.
Desde entonces...
Me pregunto ¿Qué pasó?
La vida nos castigó
¿Qué fue lo que hicimos mal?
Perdimos la sede social
Con todos los recuerdos
Que teníamos allí dentro
Un club casi en el centro
Practicábamos todos los eventos
Pista de baile, básquet, esgrima
Patinaje, juegos de salón
Voley, natación
También un gran bufett...
La justicia se expendió
Y así falló un juez
Nos ha ido todo al revés
No se si por culpa de Agremiados...
La cuestión es que un par de abogados
Nos dejaron sin hogar.
Yo disfruté tu pasado
Siempre estaré a tu lado
El presente me pone triste
Volver a ser lo que fuiste
Tiene que ser la meta de todos
Unámonos, luchemos codo a codo
No se cómo... de cualquier manera
juntemos las dos veredas
y algún día volver a verte en primera.
Perdón por mi calentura
Ser poeta no fue mi intención
Simplemente recordar en voz alta
SOY BOHEMIO, SOY DE ATLANTA
CON TODO MI CORAZÓN!!!

Ludovico Nizzardo
Publicado en el libro “La historia de ATLANTA” de Alejandro Domínguez


CODIGO DE BARRAS
Un cuento que no fue cuento

- de Fernando Tebele -


Ahora estamos en la enorme sala de espera. Permanecemos allí aguardando por la sentencia, como quien desconoce la nota de su último examen. Quizá lo declaren culpable y podré así cerrar, luego de dos años, el peor suceso de mi carrera periodística.
Aquel 3 de julio de 1998 había ido a cubrir una asamblea del Club Atlanta que comenzó muy mal para mí. Apenas ingresé al hall previo lo vi. Dipi, alias Julio César Dib cuando no delinque, me estaba acechando. En cuestión de segundos quedamos cara a cara como dos boxeadores que buscan intimidarse mientras el árbitro les repite las reglas del juego. Sólo que allí no había ningún juez. Un puñado de socios bohemios se hallaba ocupando el ring side involuntariamente. Dipi me gritó que no volviera a hablar de él en mi programa de radio porque sus hijos me escuchaban y eso les hacía mal. Yo no me había referido a él, pero sí a los hechos que protagonizaba frecuentemente. Es decir que, sin nombrarlo, contaba todos y cada uno de los ejercicios violentos que él practicaba con los directivos, especialmente, como sparrings. No lo invocaba, entre otras cosas, porque las víctimas de sus agresiones solían evitar denunciarlo y eso volvía peligroso que lo acusara públicamente por algo que los damnificados, seguramente, negarían después.

-Yo no hablo de vos – le dije tratando, ingenuamente, de evitar lo inevitable.
-Mis hijos te escuchan y vos los vas a respetar, hijo de puta.
-Yo a tus hijos no los conozco. El que les falta el respeto con sus actitudes sos vos – le solté abusando de la razón en medio del absurdo.
-Vos los vas a respetar, - gritó antes de escupir sobre mi cara una buena porción de saliva etílica – por mis hijos soy capaz de matar, me oíste.
Luego tiró su brazo hacia atrás para pegarme un golpe y cierto buen amigo llegó a interponerse justo a tiempo, como en las películas.
-Te voy a matar, te voy a matar, hijo de puta –repetía ya alejado.
Una persona tomó mi brazo y me subió al recinto donde se llevaría a cabo la asamblea.
-Fernando, yo te escucho siempre. Lo que hacés está bárbaro, no le des bola al loco este. Te felicito – me susurró al oído tratando de tranquilizarme.
No lo conocía y nunca más volví a verlo, pero su esfuerzo por satisfacer mi ego en aquel momento no fue demasiado fructífero.
En el recinto todos sabían lo que acababa de suceder pero nadie hizo nada. Peor: al rato Dipi apareció en el lugar y se sentó a la mesa de los directivos que comandaban la asamblea. Toda una señal. En algún instante, hartos de sus impertinencias, le pidieron que abandonara esa posición y así lo hizo. Desde ese momento y hasta el final de la reunión, merodeó por dónde trataba de concentrarme en mi trabajo mientras se hacía el gracioso colocándose un pañuelo sobre la cabeza y vociferando que él era Saddam Hussein. Justo allí, en la sede del club de fútbol identificado con la comunidad judía. La mayoría del público se reía, al tiempo que yo preguntaba interna y silenciosamente, por qué no me había retirado todavía.
La única oferta de ayuda que recibí aquella noche –además de la del oyente que me apartó del ring- hubiese sido mejor no escucharla:
-Me enteré de que tuviste un problema con Dipi, -avisó el ex jefe de la barra y actual directivo del club- pero no te preocupes porque lo vamos a cagar a trompadas.
-No, dejá. Te agradezco pero yo no resuelvo así mis problemas –le respondí con tono firme pero evitando otro round no deseado.
Aguanté hasta el final de la interminable jornada por dos razones. La primera tenía que ver con mi orgullo, que también había impedido que saliera corriendo del peor de los momentos a pesar del miedo. La segunda se emparentaba con mi profesión: fui allí a cubrir una noticia y soporté hasta el final. Es más, por desgracia me alcé con dos noticias y en una de ellas era el protagonista. Era raro, pero me había sucedido lo que muchas veces narré con otras personas como víctimas.

Cuando culminó la asamblea me fui, no sin antes haberle reprochado en la calle a Carlos Rada, Secretario General del club, su aporte a la impunidad del personaje y la risa que se le escapó, a pesar de sus esfuerzos por ocultarla, durante los pasos de comedia posteriores. Me largué solo, como había llegado. Sin poder comprender todo lo que había bancado. Llamé por teléfono a un par de amigos y a un abogado que era oyente del programa, con quien se generó una relación especial luego de que habíamos realizado un pedido de sangre, como tantas otras veces pasa en la radio. Sólo que en esa ocasión, el demandante se preocupó por avisarnos que unas cuántas personas se habían acercado gracias a nuestro llamado y supimos que su suegro se recuperó. El abogado hincha de Atlanta me aconsejó denunciarlo en la Comisaría. Yo sabía que deseaba seguir con el programa y eso implicaba hacerlo como siempre, sin callar nada. Entendía que ir a la policía era lo correcto y, además, lo que siempre recomendé a quienes habían pasado por instancias similares o más bochornosas. Tan sólo me surgía una duda: si bien no viví la década del setenta desde la militancia, la policía me genera más inseguridad que otras certezas. Y con la justicia me ocurre algo parecido. Igual lo denuncié. El programa continuó un año más. Luego decidí dejarlo cuándo quise y cómo quise.

Ahora, dos años despues, espero en la gran sala con mi abogado, el Dr. Marcelo Parrilli, y unos diez jóvenes de diecisiete años que todavía recorren la secundaria y presenciaron todo el juicio con su profesor de Educación cívica. Entre diálogos una chica, la más bella –no se acercó seducida, pero permítanme pensarlo así-, me cuenta que piensa ser periodista y pregunta por mis ya lejanos inicios. No es un buen momento para extraer lo mejor de la profesión y trasladárselo a modo de enseñanza. No sé su nombre ni lo averiguo. Podría llamarse Julieta, Jessica o Karina. Como se llame, está extrañada por el alegato del Fiscal. Parrilli y yo, más que sorprendidos, estamos indignados. El Dr. Fornaciari, en ejercicio del Ministerio Público, estuvo allí para acusar al procesado o, en su defecto, para pedir la absolución si creyera que los hechos no ocurrieron, o por el beneficio de la duda. No tomó ninguno de los dos caminos. Sí pidió la absolución, pero sus argumentos corrieron por la autopista sin retorno desde el absurdo. Se apoyó en la personalidad “descortés y agresiva” del acusado: “no justifico la violencia pero sí puedo entender a Dib. Ha demostrado en este juicio ser pendenciero, agresivo, descortés y su presencia, de por sí, resulta intimidante. Debe enmarcarse su forma de ser dentro de los códigos del fútbol”, aseveró.

Después de cinco horas de espera nos llaman para escuchar el fallo, por lo que entramos a la sala de audiencias. A pesar del despropósito comentado y gracias a la respuesta exacta y oportuna de Parrilli, el Tribunal decidió –por mayoría- condenar a Dipi por el delito de amenazas coactivas. Los códigos del fútbol, es decir la alfombra del deporte debajo de la cual se esconden todas las miserias, estuvieron cerca de ser oficializados por un Fiscal y una Jueza de la Nación, la Dra. Yungano, que apoyó al Fiscal. Finalmente no fue así.
Con el Dr. Parrilli salimos velozmente del lugar. No vamos a festejar porque la circunstancia que un hombre vaya a la cárcel no merece regocijo, mucho menos en un país donde está preso Dipi y no Videla.

Me gustaría volver a encontrarme dentro de un tiempo con la flaca de la espera. La invitaría a salir, claro, y le diría que me sigue gustando ser periodista más allá de Dipi, el Fiscal y la Jueza. Además quisiera decirle que hubiese deseado que este fuera otro cuento de El Tablón nacido de mi cabeza y no una patada real a mi corazón. Tan real que todavía me duele.
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Aclaración del autor: sobre el final del texto, existe una mención que lleva a entender cuándo fue publicado. En la referencia a que Dip estuviera preso y Videla no, se trasluce que el cuento se conoció en el número 25 de la revista, que salió a la calle en octubre de 2000 y, lamentablemente, fue la última vez que El tablón se colgó en los kioscos. A la fecha de publicación del mismo texto en este sitio la situación es inversa: Dip está libre y Videla preso, aunque con prisión domiciliaria. Elijo quedarme con el polo positivo del asunto: Videla, el conductor político del silencio más sordo de este país -que sólo se quebró con los gritos de los torturados y los llantos de los bebés apropiados, adultos a los que seguimos buscando- ya no está libre. Espero, lucha mediante, que la próxima vez que este texto sea publicado, deba hacer otra aclaración y podamos celebrar que Videla ya no esté libre, pero tampoco en su casa: que esté en una cárcel común, con todos los represores como compañía, esperando a la muerte, su gran amiga, en una oscuridad que no se parezca a la que él le entregó a los que ya no están.